Perdí a mi madre cuando abrí los ojos por primera vez a este mundo. Ahora solo puedo aferrarme a un trozo de pan sucio — su último recuerdo para sobrevivir…

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Hay pérdidas que llegan justo cuando la vida apenas comienza. Un ser pequeño que aún no ha sentido el calor de unos brazos ya debe enfrentarse a un vacío inmenso. Sin una mano que proteja, sin una voz suave que llame, solo queda el frío y un latido débil en medio de la indiferencia de la vida.

Aún recuerdo… el aroma de mi madre, el calor de su cuerpo, todo desapareció demasiado rápido. Ahora, entre miradas indiferentes, un pedazo de pan viejo se convierte en un tesoro. No porque sea sabroso, sino porque es la última huella de un amor perdido. Cada vez que lo toco, los recuerdos de aquel calor antiguo regresan, haciendo que el corazón duela y se aferre al mismo tiempo.

Día tras día, la vida pende de un hilo muy fino. El hambre desgarra, el frío penetra y el miedo se cuela en cada instante. Miro alrededor, esperando que una mano se extienda, pero todo son pasos apresurados que pasan de largo. Me pregunto… ¿habrá alguien que se detenga, o seguiré siendo solo una pequeña sombra olvidada?

Sin embargo, incluso cuando todo parece estar en contra, hay una fuerza silenciosa que impulsa: vivir. Vivir para no traicionar lo que alguna vez se me dio, vivir para que algún día, cuando la puerta de la esperanza se abra, pueda acercarme y recuperar el calor perdido.