Cada mañana y otra vez al anochecer, él esperaba junto a un tramo tranquilo de la carretera. Delgado e inestable, permanecía de pie con un leve temblor mientras la brisa pasaba a su lado. Su pelaje era irregular, con calvas que dejaban ver la piel bajo el pelo opaco. Justo debajo de la mandíbula, una hinchazón sobresalía contra la piel—una señal silenciosa de que necesitaba cuidados.

No entendía por qué estaba solo. Solo sabía esto: los coches significaban personas, y las personas podían traer la bondad que tanto esperaba.

Los motores zumbaban y los neumáticos susurraban sobre la grava. Algunos conductores disminuían la velocidad, sus ojos encontrándose con los suyos apenas un instante antes de seguir adelante. Sus patas temblaban bajo él, pero permanecía allí. Algo en lo profundo—suave pero inquebrantable—lo mantenía firme. Era esperanza. Esperanza de que un día, la persona adecuada llegaría, se detendría y lo vería de verdad.
El momento que lo cambió todo para él espera en la primera…