
Esta mañana encontramos un perro tirado en la calle, gimiendo suavemente. Su pelaje largo y sucio le tapaba la cara, pero podía sentir su mirada suplicante al mirarnos. El perro estaba acurrucado en un rincón junto a un pilar, con comida esparcida cerca, probablemente dejada por los transeúntes. No podía gatear ni ponerse de pie, y sus patas traseras parecían gravemente heridas. El aire a su alrededor estaba cargado de un olor fétido, y cientos de moscas zumbaban sin cesar.
Retiré la basura que lo rodeaba e intenté espantar las moscas, pero las palabras no alcanzan para describir la gravedad de su condición. Verlo nos llenó el corazón de angustia, imaginando el sufrimiento que soportaba el perro. Siguió llorando y gimiendo, como suplicando que no lo abandonaran.

Le ofrecí comida, que comió con avidez mientras seguía gimiendo. Nunca antes habíamos visto un animal tan demacrado; apenas pesaba un kilo. La atención médica inmediata era crucial para que sobreviviera los próximos días.
Extendimos una capa de periódico en la parte trasera del coche para que estuviera cómodo y dos chicas muy cariñosas se unieron a nosotros para limpiar y consolar al perro. Juntos, lo llevamos de urgencia al hospital, donde recibió atención urgente y especializada. Debido a su extrema fragilidad, los médicos no pudieron hacerle pruebas de inmediato. Recomendaron hospitalización durante al menos una semana para monitorización y cuidados intensivos antes de realizar más pruebas para determinar su estado con precisión.

Al despedirnos, prometiendo regresar y animarlo, queríamos que el perro supiera que no estaba solo. El equipo de rescate seguía comprometido a apoyarlo en su recuperación, sin importar los obstáculos. Estábamos decididos a darle a este pobre ángel la oportunidad de sanar y ser feliz.
