La lluvia me cala hasta los huesos. Cada gota que golpea mi piel es un recordatorio de que estoy solo, de que el mundo sigue girando sin mí. El agua fría se escurre por mi lomo, empapando mi pelaje enmarañado y pesado, mientras el suelo húmedo bajo mis patas es la única cama que conozco. El temblor de mi cuerpo no es solo por el frío, sino por el cansancio acumulado de días sin descanso ni alimento.

Desde fuera, soy apenas un perro empapado, acurrucado en un rincón oscuro. Algunos me miran de reojo, otros ni siquiera giran la cabeza. Para ellos, soy una sombra más en la calle, un ser invisible. Pero dentro de mí, hay una voz que no deja de preguntar: “¿Por qué me dejaron aquí? ¿Qué hice para merecerlo?”. No tengo respuestas, solo un silencio que duele más que el frío y el hambre juntos.

A veces cierro los ojos e imagino que alguien se detiene. Que una puerta se abre, que unos pasos se acercan, y que unas manos cálidas me envuelven con cuidado. En ese sueño, escucho una voz que me llama por un nombre que nunca tuve, y siento que, por fin, pertenezco a algún lugar. Imagino un cuenco de agua limpia, un rincón seco donde dormir, y la certeza de que no volveré a pasar otra noche bajo la lluvia.
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Pero cuando los abro, la realidad vuelve como un golpe: la lluvia sigue cayendo, los coches siguen pasando, y yo sigo aquí, esperando. No porque sea fácil, sino porque es lo único que me queda. La esperanza es frágil, pero es mía. Tal vez mañana, tal vez en el próximo coche, aparezca esa persona que vea más allá de mi aspecto, que escuche mi silencio y entienda que mi vida vale la pena. Hasta entonces, seguiré mirando la carretera, buscando en cada luz que se acerca la promesa de un rescate.