
Entre las sombras de un callejón olvidado, yace un pequeño perro cuya piel está cubierta de heridas, costras y zonas sin pelo. Su cuerpo muestra claramente los signos de la sarna avanzada, una enfermedad dolorosa y altamente contagiosa. Pero lo que más duele no es la picazón ni las llagas, sino la indiferencia de quienes pasan a su lado sin siquiera mirarlo.
![]()
“Nadie se atreve a tocarme solo porque soy demasiado feo y repulsivo”, parecería decir con los ojos caídos, mientras se enrosca sobre sí mismo buscando consuelo en un rincón sucio. No ladra. No se queja. Solo respira, en silencio, como si ya hubiera aceptado su destino: ser invisible.
Este perrito fue encontrado por una voluntaria que, al principio, pensó que era un trapo viejo. Su piel agrietada y su olor fuerte hacían que cualquiera se alejara. Pero ella, en lugar de dar la espalda, se acercó. Lo miró a los ojos y vio algo que muchos no ven: un ser vivo suplicando ayuda.

Fue llevado a una clínica veterinaria, donde confirmaron que sufría sarna severa, desnutrición y deshidratación. No había recibido cariño ni cuidado en mucho tiempo. Sin embargo, pese a todo, aún movía la cola con suavidad cuando alguien lo acariciaba con guantes.
Ahora está en tratamiento. Su recuperación será lenta, pero tiene una oportunidad. Ya no está solo. Ya no es “el perro feo del callejón”. Tiene nombre, tiene medicinas, tiene una manta, y sobre todo, tiene esperanza.