Un perro sentado en una esquina, mirando cómo una paloma se atreve a acercarse a las sobras de comida que alguien tiró al suelo.
Él no pelea, no ladra, no corre… solo observa en silencio, como si supiera que hasta esas migajas no le pertenecen.
No eligió la calle, tampoco pidió sentir hambre ni frío. Alguna vez tuvo un hogar, o quizá nunca lo conoció. Lo único que guarda es esa mirada: una mezcla de esperanza y resignación, como quien espera un milagro que no llega.
Y ahí está, invisible para muchos, sobreviviendo entre indiferencia y soledad.
Los animales no piden lujos, solo un poco de amor, un gesto de bondad, alguien que los mire de verdad.
Ese perro podría ser el reflejo de miles que esperan en silencio, con el corazón lleno de lealtad, aún cuando el mundo los olvida.
Porque aunque el estómago se les vacíe, su capacidad de amar siempre está llena.
