Míralas bien…
No están en una casa cómoda, ni sobre una cama caliente.
Están en una mesa de metal, fría, rodeadas de batas blancas y olor a hospital.
Pero lo único que importa para esa madre… es cubrir con su propio cuerpo al ser más frágil que tiene: su cachorra.
Sus ojos delatan miedo, cansancio, dolor… pero aun así, ella no se mueve.
Como si le dijera al mundo entero: “A mí me hacen lo que quieran, pero a ella no la tocan.”
Esa cachorrita, que apenas empieza a conocer la vida, se acurruca en el pecho de su madre como si allí estuviera el único lugar seguro del planeta.
No entiende de diagnósticos ni de tratamientos. Solo siente el corazón de su madre latir, fuerte, como una promesa: “No te voy a dejar.” “No te va a pasar nada malo”. “Conmigo estás segura y a salvo”
Y en esa escena tan simple, se esconde la verdad más grande:
El amor de una madre, incluso en el dolor, es el refugio más poderoso que existe.
Hoy no estás viendo a dos perros en una clínica.
Estás viendo lo que significa la palabra amor en estado puro 
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