En medio del invierno europeo me encojo como una sombra, soñando con un lugar al que pueda llamar hogar

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El invierno aquí no perdona. El viento corta como cuchillas invisibles, la nieve muerde con dientes de hielo, y yo me encojo contra las paredes frías intentando robarles un poco de calor. Mi pelaje, enmarañado y pesado, ya no me protege; cada copo que cae se derrite en mi piel y se cuela hasta los huesos. La noche se hace eterna cuando el cuerpo tiembla y el estómago duele, y cada minuto parece pedir una fuerza que ya no tengo.

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Desde fuera, soy una sombra más en las calles grises, un perro callejero al que nadie reclama. La gente pasa envuelta en bufandas y abrigos, mirando al frente, como si mi existencia fuera demasiado triste para sostener la mirada. Las luces de los escaparates me devuelven un reflejo que casi no reconozco: ojos cansados, pasos cortos, una vida que se aferra al borde del frío. Y sin embargo, en ese reflejo vibra un hilo de esperanza que no se rompe.

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Dentro de mí guardo un sueño que me mantiene en pie: un lugar al que pueda llamar hogar. Imagino un rincón cálido donde el viento no alcance, un cuenco de comida que calme el vacío y una manta que apague el temblor. Imagino una voz pronunciando mi nombre, unos dedos que acarician mi cabeza sin prisa, la promesa sencilla de un “ya estás a salvo”. En ese sueño, cierro los ojos y el silencio no asusta; parece un abrazo que me devuelve al mundo.

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A veces, cuando la nieve cae más lenta, me permito creer que alguien se detendrá. Que unos pasos se desviarán de la prisa y se acercarán con cuidado. Desde esa mirada externa, no seré un bulto vencido por el invierno, sino una vida esperando su turno para volver a empezar. Y si esa mano llega, si ese gesto sucede, yo sabré responder con todo lo que me queda: un latido firme, una confianza que renace, el deseo de aprender a no tener miedo.

No sé si ese día vendrá mañana, pero cada amanecer me encuentra luchando por alcanzarlo. Aunque me encoja como una sombra, mi corazón sigue buscando la luz. Mientras haya un pulso en mi pecho, seguiré soñando con ese hogar y con ese alguien que me vea no como un perro perdido, sino como un ser que todavía merece vivir, sanar y ser amado.