Cada vez que intento moverme, un dolor ardiente recorre mi cuerpo como si miles de brasas se encendieran bajo mi piel. Mis patas tiemblan, mis músculos se tensan, y cada paso es una batalla que parece interminable. Las heridas abiertas y las cicatrices antiguas cuentan historias silenciosas de días sin refugio, de noches en las que el frío me abrazó más fuerte que cualquier ser humano. El suelo duro bajo mí es mi única cama, y el aire helado se cuela por cada grieta de mi cuerpo exhausto.

Desde fuera, mi figura es apenas una sombra encogida en la penumbra. Algunos pasan de largo sin mirarme, otros apartan la vista como si mi sufrimiento fuera demasiado incómodo de soportar. No saben que detrás de este cuerpo roto hay un corazón que late con desesperación, aferrándose a la vida con la poca fuerza que le queda. Mis ojos, aunque cansados, siguen buscando un gesto, una señal de que no todo está perdido.

En mi mente, me repito que no quiero rendirme. Sueño con sentir el sol calentando mi lomo, con correr sin que el dolor me detenga, con dormir profundamente sin miedo a no despertar. Quiero volver a confiar, a mirar a los ojos de alguien y saber que no me hará daño. Imagino un cuenco de agua limpia, un rincón cálido, y una voz que pronuncie mi nombre con ternura.
La noche helada me envuelve como un manto cruel. El viento corta mi piel, y cada ráfaga parece arrancar un pedazo más de mi resistencia. El hambre me retuerce por dentro, y el cansancio me susurra que me deje caer. Pero sigo aquí, respirando, esperando, porque sé que en algún lugar hay una mano dispuesta a tenderse hacia mí, a levantarme de este suelo frío y devolverme la vida que me fue arrebatada.

No me dejes desaparecer en esta oscuridad. Aún quiero vivir. Y mientras mi corazón siga latiendo, seguiré esperando a que alguien crea que mi historia merece un nuevo comienzo, que mi vida todavía tiene valor, y que este dolor no será mi último recuerdo.