En esta jaula oscura, ¿alguien sabe que todavía estoy temblando, esperando una oportunidad para ser libre…

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Día tras día, me encojo en un rincón donde la sombra lo cubre todo, como un manto pesado que ahoga cualquier rastro de luz. Escucho el latido lento y cansado de mi corazón, un sonido que me recuerda que sigo aquí, aunque a veces me pregunto por cuánto tiempo más. El silencio que me rodea es tan denso que parece tener peso, roto únicamente por mis propios suspiros. Tiemblo, no por el frío que se cuela entre los barrotes, sino por el miedo profundo a ser olvidado para siempre en este lugar.

Desde fuera, para cualquiera, esto no es más que una pequeña jaula. Pero para mí, es todo un mundo… un mundo sin amaneceres, sin manos que me acaricien, sin una voz que pronuncie mi nombre con cariño. Me pregunto si alguien, en algún lugar, sabe que aquí dentro todavía late un corazón que sueña con vivir de otra manera.

He soñado tantas veces con el día en que la puerta se abra y la luz inunde cada rincón. Imagino el momento en que mis patas toquen el suelo libre, cuando pueda correr sin miedo, respirar el aire fresco y sentir el viento acariciando mi rostro. En ese sueño, escucho una voz suave que me llama, y corro hacia ella como si toda mi vida dependiera de ese instante.

Ese sueño es lo único que me mantiene en pie en medio de estos días interminables. Si alguien se detuviera a mirarme a los ojos, vería una chispa diminuta que aún se resiste a apagarse. Es la esperanza — frágil pero obstinada — de que algún día dejaré de temblar en esta jaula. Que un día, por fin, podré conocer lo que significa ser libre… y amado.