Recuerdo los días en que el sol dorado se derramaba sobre mi lomo, cálido e infinito. Corría sin pensar, mis patas golpeando la tierra, el viento pasando junto a mis orejas como una canción hecha solo para mí. La hierba se inclinaba suavemente bajo mi peso, llevando consigo el aroma de la vida y la libertad. En aquel entonces, creía que la alegría era algo que duraría para siempre, que mis patas siempre serían lo bastante fuertes para llevarme a donde mi corazón quisiera ir.

Pero el tiempo tiene una forma de cambiar incluso los cuerpos más fuertes. Mis pasos se volvieron más lentos, más pesados. Los músculos que antes saltaban con facilidad comenzaron a temblar. Y luego, un día, ya no pude ponerme en pie. Me quedé tendido, viendo cómo la luz del sol se filtraba por estrechas rendijas, deseando poder sentirla en mi lomo una vez más. El mundo seguía moviéndose, pero yo quedé atrás, atrapado en la quietud.

Desde fuera, quizá parezca solo otro perro cansado y roto. Mi pelaje está opaco, mis ojos nublados, mi cuerpo delgado. Pero por dentro, sigo siendo la misma alma que una vez persiguió el viento. Aún sueño con correr, con sentir la tierra empujar contra mis patas, con escuchar risas y pasos a mi lado. No sueño con cosas grandiosas — no con banquetes ni palacios. Todo lo que quiero es una mano tendida que me ayude a levantarme. Una mirada suave que me diga que aún importo, que todavía valgo la pena ser amado.

Antes de que sea demasiado tarde, por favor, denme esa oportunidad. Déjenme ponerme en pie de nuevo, aunque solo sea por un momento. Déjenme sentir el sol en mi pelaje, la tierra bajo mis patas y el calor de un corazón que me elige. Quiero vivir como un perro una vez más — no solo como un cuerpo que respira, sino como un alma que pertenece. Y si ese día llega, lo prometo, llevaré ese amor en cada latido hasta mi último aliento.