Hay ojos que alguna vez brillaron al mirar hacia el cielo, que alguna vez se llenaron de júbilo cuando los pies tocaban la tierra y el viento pasaba por las orejas. Ahora, todo está encerrado en pequeños cuadrados estrechos, donde la libertad no es más que un recuerdo lejano.

Desde dentro, veo las barras frías como muros invisibles, que no solo aprisionan el cuerpo, sino que también cierran con llave los sueños. Cada día que pasa es idéntico al anterior: silencioso, opresivo y sin salida. Cuento el tiempo por el sonido de pasos que pasan, por la luz que se cuela por una rendija estrecha y luego desaparece. A veces, intento acercar la nariz al diminuto espacio entre los barrotes, inhalar profundamente el olor del mundo exterior, para recordarme que aún existe.

Quien observa puede ver miradas que ya no brillan, en las que solo queda el cansancio y la espera. Pero si miran más de cerca, verán un pequeño destello que aún titila: es la esperanza. Porque allá afuera, el mundo sigue siendo radiante, y todavía hay manos que saben abrirse en lugar de cerrarse.
Sueño con el día en que esta puerta se abra. Sueño con correr sobre tierra blanda, escuchar el susurro de las hojas, sentir el calor de unos brazos que me envuelven por completo. Sueño con un hogar, donde ya no sea “un animal enjaulado”, sino un miembro amado.

Y hasta que ese sueño se haga realidad, seguiré esperando. Porque a veces, basta un solo instante — una mirada, una mano — para transformar toda una vida de fríos cuadrados en un cielo de libertad.