El viento nocturno se cuela entre cada hebra de mi pelaje empapado, trayendo consigo un frío que cala hasta los huesos. Me enrosco sobre mí mismo, intentando conservar el poco calor que me queda. Mi estómago vacío ruge una y otra vez, y no recuerdo cuándo fue la última vez que comí.

En el pasado, tuve un hogar. Escuchaba una voz familiar y sentía una mano que me acariciaba con ternura. Pero todo me fue arrebatado, tan rápido que no alcancé a entender por qué. Un día, la puerta se cerró y me dejaron afuera, perdido en un mundo desconocido.

Ahora deambulo por la acera húmeda, cada paso más pesado que el anterior. La gente pasa con prisa, y sus miradas se deslizan sobre mí como si nunca hubiera existido. Levanto la cabeza, para luego volver a bajarla, temiendo encontrar una vez más esa mirada indiferente.

Si estás leyendo estas líneas, por favor, no me ignores. Solo un abrazo, un poco de comida o un refugio temporal bastarían para salvarme. No sueño con nada lejano, solo con saber que no he sido olvidado.
Sé la razón por la que sigo caminando. No dejes que me desvanezca en esta oscuridad y frío, como si nunca hubiera existido.